Va por Santi – Noemí Redondo

Por 10/03/2015 Sin categoría Sin comentarios

“Y si no hay viento, habrá que remar” es la frase que daba nombre al cuarto número de la revista El Canto de la Tripulación y, desde que supe que Santi se había marchado, es la frase que se repite en mi cabeza. Este larguirucho de ojos mágicos, esqueleto frágil y corazón inmenso era el viento fresco, el cálido, el denso y el agitado, al mismo tiempo. Santi era una poderosa fuerza de la naturaleza, una fuente de energía incombustible que transformaba lo malo en bueno. Pero ya no está.

Siempre me he quejado de tener mala memoria pero, por suerte, sus huellas son tan profundas que guardo millones de sonrisas, de guiños y bromas pronunciadas en el momento justo. Tenerle al lado era un privilegio, un seguro contra el fracaso, una hostia refrescante en medio de la cara cuando estás pidiendo a gritos, sin saberlo, que te la den y te pongan en tu sitio. 

Recuerdo estar solos en la cafetería de un país extraño. Yo, a punto de llorar de angustia, bloqueada ante un repor que me parecía hacía aguas por todos lados. Él, observándome repasar una y otra vez las hojas de mi cuaderno: “Noe, ¡basta! La solución no está en el puto cuaderno. Y yo te ayudo, tía. Lo que quieras. Pero aquí sentados no hacemos nada, ahora mismo salimos ahí fuera –a un diluvio universal- y hacemos lo que sabemos: un repor de la hostia”. Y lo hicimos. Así de fácil.

Ese fue, en 2009, nuestro primer viaje largo juntos y para mi, el descubrimiento. Ya sabía que era buen operador de cámara porque le había visto poner la cámara a un dedo de distancia del miedo sin que le temblase el pulso para dar el plano perfecto. Sabía que era alegre y daba buen rollo porque le veía entrar en la oficina siempre arrasando, captando la atención como los niños. Sabía que era guapo por fuera, de eso te dabas cuenta al primer toque, pero no sabía lo espectacular que también era por dentro. Lo supe, gracias a su verborrea incontrolable, a través de los casi 3.000 kilómetros que nos hicimos por Transilvania. Mientras esquivábamos baches como camiones, copos de nieve del tamaño de una almendra o rebaños de ovejas, le dimos varias vueltas a lo divino y a lo humano y… a las mujeres. Santi, macarra visceral donde los haya, hablaba de nosotras en general y de su madre, Yolanda, en particular, con total devoción y respeto. Decía, convencido, que jamás se me ocurriese estar con alguien que no me considerase una reina y me contaba, sin darle importancia, las sorpresas, deseos y esperanzas que compartía con su pareja de entonces. Yo, con la boca abierta y muda al mismo tiempo, daba las gracias por cada una de las palabras que salían de ese chulo castizo por defecto que, en realidad, era un romántico. 

Un romántico capaz de parar el coche en medio de la nada y pasarme los mandos para sacar medio cuerpo por la ventanilla y grabar a un burro tirando del carro de un lugareño al que, por otro lado, no le hizo ni pizca de gracia y se dedicó a entorpecernos el paso durante un rato. Santi se estuvo riendo de mis bandazos hasta que el tipo nos cerró el camino del todo, atravesando el carro en la pseudo carretera. Entonces, dejó de reírse. Pilló los mandos y le adelantó a las bravas, con medio coche por el campo y el otro medio en la inexistente cuneta. La cara del hombre era un poema. No contaba con un loco indignado que le enseñaba una peineta mientras le hacía comer rueda. Y es que de él podías esperar cualquier cosa, salvo que te dejase tirada. 

Santi se emocionaba con lo que hacía y con la gente que tuvimos el honor de compartir algo de su vida, aunque fuesen segundos. La vida me concedió el regalo de trabajar con él, con intervalos, muchos años y, aunque ahora duela recordarlo, sería un pecado capital no disfrutarlo. “Me quedo tranquilo yendo contigo”, me dijo hace poco. Yo sí que me quedo tranquila yéndome contigo. Al fin del mundo. Y me gusta pensar que es allí donde nos espera. Así que, hoy, como siempre, gracias por cada momento. Por todo, Santiago Trancho Rusillo.

Él era la brisa que acaricia suave y el huracán que te eleva o te tumba en un momento. Pero ya se ha ido. La vida se ha rendido ante él porque la ha exprimido al máximo. Y aunque ya no sople sé que estará diciendo: “Hostia, Noe, no sirve de nada estarse quieto y si no hay viento, habrá que remar”.

Noemí Redondo