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Va por Santi – Miguel Toral

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Santi no quería escribir , porque no quiero despedirme de ti…

Hace casi un año nos escribías a Nacho Medina y a mi : “ Gracias de corazón. Vosotros sabéis por qué y yo también”. Las gracias de corazón te las doy yo también y tu sabes por qué:

Porque desde que nos conocimos me has hecho sentir una persona querida, como lo has hecho con todo el mundo que te conocía. Tenías la cualidad de hacer sentir bien a la gente que te conocía. Rápidamente te aprendías los nombres de todo el mundo y nos hacías sentir parte de tu vida.

Porque me has dado tu ejemplo de valentía, coraje y profesionalidad. Nunca has trabajado para cumplir el expediente. Siempre has ido un paso más allá que cualquiera. Nunca te valía nada siempre querías más. Buscabas planos imposibles, sacando tu cuerpo por una ventanilla, tirándote al suelo o subiendo a un árbol.

Porque me has ayudado a volver a sentirme periodista. Hacía mucho tiempo que no grababa en la calle y he tenido la suerte de volver a hacer un reportaje contigo. Me has dado la seguridad que necesitaba para entrevistar y te tengo que decir que preguntas mil veces mejor que yo. Para mi ha sido un regalo poder trabajar contigo. Habíamos estado en cenas juntos, comidas, copas… Pero tenía envidia de la gente que había grabado contigo . Nuestro querido amigo Nacho me decía, Santi es el mejor, no vas a encontrar a nadie como él… Y tenía razón.

Porque me has devuelto la curiosidad. Con tus ojos claros y esa sonrisa picara que tenías preguntabas todo. Te interesabas por cualquier tema: Política, animales y sobre todo la motos. ¡Ay las motos!, como nos dijo tu madre el otro día era tú único defecto.

Porque me hablabas de tu madre con un cariño que me enternecía . Mi mama esto , mi mama lo otro… La querías muchísimo y estaba siempre contigo en cualquier momento.

Porque me hablabas de Anita, tu chica, con un amor que hacía que tus ojos brillaran más de lo normal. Estabas deseando acabar siempre de trabajar para hablar con ella por facetime, skype o como fuera…

Porque me enseñaste el valor de la competición. Querías ser el mejor en todo. Todavía me acuerdo cuando decidiste comerte una hamburguesa de un kilo y medio porque tu querido Frank Cuesta se había tomado una de un kilo trescientos…

Porque me hablabas de tus compañeros y tus jefes con un respeto y cariño que me emocionaba. Querías a tus compañeros y para todos tenías siempre buenas palabras. Se lo que querías a Fede, a Alberto , a Medo, a Melchor, a Guillermo, a Noe, a Lucía, a Itsaso, a Esther, a Claudia, a Bea, a Chus … a todos.

Porque nos cuidabas a todos. Hace unos día ibas a grabar con Alba, nuestra becaria, y te pedí que le ayudaras porque se está estrenando en esta apasionante profesión. Y me dijiste con tu sonrisa , no hay problema, ¿cuando no os he cuidado yo?.

Seguiría dándote las gracias por tantas cosas pero no quiero seguir escribiendo, me niego a despedirme de ti.

Santi , gracias de corazón por haberme permitido estar en tu vida.

Va por Santi – Noemí Redondo

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“Y si no hay viento, habrá que remar” es la frase que daba nombre al cuarto número de la revista El Canto de la Tripulación y, desde que supe que Santi se había marchado, es la frase que se repite en mi cabeza. Este larguirucho de ojos mágicos, esqueleto frágil y corazón inmenso era el viento fresco, el cálido, el denso y el agitado, al mismo tiempo. Santi era una poderosa fuerza de la naturaleza, una fuente de energía incombustible que transformaba lo malo en bueno. Pero ya no está.

Siempre me he quejado de tener mala memoria pero, por suerte, sus huellas son tan profundas que guardo millones de sonrisas, de guiños y bromas pronunciadas en el momento justo. Tenerle al lado era un privilegio, un seguro contra el fracaso, una hostia refrescante en medio de la cara cuando estás pidiendo a gritos, sin saberlo, que te la den y te pongan en tu sitio. 

Recuerdo estar solos en la cafetería de un país extraño. Yo, a punto de llorar de angustia, bloqueada ante un repor que me parecía hacía aguas por todos lados. Él, observándome repasar una y otra vez las hojas de mi cuaderno: “Noe, ¡basta! La solución no está en el puto cuaderno. Y yo te ayudo, tía. Lo que quieras. Pero aquí sentados no hacemos nada, ahora mismo salimos ahí fuera –a un diluvio universal- y hacemos lo que sabemos: un repor de la hostia”. Y lo hicimos. Así de fácil.

Ese fue, en 2009, nuestro primer viaje largo juntos y para mi, el descubrimiento. Ya sabía que era buen operador de cámara porque le había visto poner la cámara a un dedo de distancia del miedo sin que le temblase el pulso para dar el plano perfecto. Sabía que era alegre y daba buen rollo porque le veía entrar en la oficina siempre arrasando, captando la atención como los niños. Sabía que era guapo por fuera, de eso te dabas cuenta al primer toque, pero no sabía lo espectacular que también era por dentro. Lo supe, gracias a su verborrea incontrolable, a través de los casi 3.000 kilómetros que nos hicimos por Transilvania. Mientras esquivábamos baches como camiones, copos de nieve del tamaño de una almendra o rebaños de ovejas, le dimos varias vueltas a lo divino y a lo humano y… a las mujeres. Santi, macarra visceral donde los haya, hablaba de nosotras en general y de su madre, Yolanda, en particular, con total devoción y respeto. Decía, convencido, que jamás se me ocurriese estar con alguien que no me considerase una reina y me contaba, sin darle importancia, las sorpresas, deseos y esperanzas que compartía con su pareja de entonces. Yo, con la boca abierta y muda al mismo tiempo, daba las gracias por cada una de las palabras que salían de ese chulo castizo por defecto que, en realidad, era un romántico. 

Un romántico capaz de parar el coche en medio de la nada y pasarme los mandos para sacar medio cuerpo por la ventanilla y grabar a un burro tirando del carro de un lugareño al que, por otro lado, no le hizo ni pizca de gracia y se dedicó a entorpecernos el paso durante un rato. Santi se estuvo riendo de mis bandazos hasta que el tipo nos cerró el camino del todo, atravesando el carro en la pseudo carretera. Entonces, dejó de reírse. Pilló los mandos y le adelantó a las bravas, con medio coche por el campo y el otro medio en la inexistente cuneta. La cara del hombre era un poema. No contaba con un loco indignado que le enseñaba una peineta mientras le hacía comer rueda. Y es que de él podías esperar cualquier cosa, salvo que te dejase tirada. 

Santi se emocionaba con lo que hacía y con la gente que tuvimos el honor de compartir algo de su vida, aunque fuesen segundos. La vida me concedió el regalo de trabajar con él, con intervalos, muchos años y, aunque ahora duela recordarlo, sería un pecado capital no disfrutarlo. “Me quedo tranquilo yendo contigo”, me dijo hace poco. Yo sí que me quedo tranquila yéndome contigo. Al fin del mundo. Y me gusta pensar que es allí donde nos espera. Así que, hoy, como siempre, gracias por cada momento. Por todo, Santiago Trancho Rusillo.

Él era la brisa que acaricia suave y el huracán que te eleva o te tumba en un momento. Pero ya se ha ido. La vida se ha rendido ante él porque la ha exprimido al máximo. Y aunque ya no sople sé que estará diciendo: “Hostia, Noe, no sirve de nada estarse quieto y si no hay viento, habrá que remar”.

Noemí Redondo

Va por Santi – Carlos Medori

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Hoy terminando de deshacer mi maleta de mi último viaje a Ceuta y Marruecos para el nuevo proyecto de cuerdos de atar , encuentro los guantes  de marca Kalenji , muy buenos , muy finos, muy calentitos , acordes para operar la cámara y sentir su tacto. Me los dejo Santi , eran suyos , me los dejo en nuestro último viaje juntos a Turquía , frontera con Siria y Jordania . Hacia mucho frío , nos pillo una nevada impresionante , mucho frío , mucha nieve…. Hasta tuvimos dos accidentes bastante peligrosos en el camino…. Algo se estaba acercando.

Volviendo a los guantes , que no recordaba que los tenía , al verlos hoy , se me vinieron tantas cosas a la cabeza , lo primero su generosidad. Toma Medo ponte estos guantes que veras que bien te van a ir… Y así fue… Así era el …lo que tenía lo compartía o te lo daba. Así lo recuerdo, así lo quiero recordar . Y quiero recordar su alegría , su forma de resolver una secuencia que teníamos que grabar, su talento y creatividad parecía que no tenía fin… Se subía a un azotea , a un techo desvencijado , a sacar el cuerpo entero por la ventanilla de un coche … Todo por el mejor plano … Así te voy a recordar Santi , y cuando tenga dudas sobre una secuencia pensare en como lo harías tu…. Y seguro que me mandaras alguna señal para saber como hacerla . Te voy a echar de menos amigo. Estamos en una misión divina querido … Una misión divina.

Carlos Medori

Va por Santi – Ricardo Medori

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Pese a que mi encuentro con Santi fue fugaz, un día en Buenos Aires,
sin embargo su simpatía, su afectuosa cercanía y su cordial y perma-
nente sonrisa me cautivaron de inmediato.
Fueron momentos de alegría compartida en grata camaradería en una cena
todo el grupo unido, en el que fui cariñosamente recibido…Nunca pude
olvidarlos.

Ahora, su violenta y prematura partida de este mundo, me ha impactado
profundamente. Es que era un ser totalmente querible, por su franqueza y bonhomía,
tal y como lo conocí y por relatos de compañerismo de mi hijo Carlos Alberto…
Por éso sentimos tanto su ausencia…y si bien dice la canción “…cuando un amigo se va, queda un espacio vacío..” su espacio queda lleno del recuerdo de su corta pero espléndida vida vivida en plenitud. El estará siempre entre nosotros, sus compañeros de trabajo, sus amigos, y quienes tuvimos la dicha de conocerlo, de manera intangible pero real, por aquello en que creemos: la comunión de los santos….él está ahora junto a Dios gozando de su luz eterna…
Santi querido, descansa en paz…

Ricardo Medori

Va por Santi – Lucía Mbomío

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Cuéntame, Lu, ¿qué peliculita quieres aquí? Y yo se la contaba y él ponía imágenes a las palabras sin despeinarse. Las mejores imágenes, porque era soberbio, porque tenía una sensibilidad tremenda y porque veía el mundo en planos para que el resto pudiéramos mirarlo mejor y observar su belleza en el peor de los paisajes. 

Cuando la jornada se hacía larga me lanzaba alguna de sus pullitas clavándome sus ojos azules mientras aguantaba la risa hasta que explotaba. Y entonces salía él, el de la sonrisa perenne; el niño adulto con canas que enamoraba a todos; el que se quedaba conversando horas con Doña Juana, una mujer a la que la diabetes dejó sin piernas, porque le recordaba a su abuela; el que se entendía con todos hablando algo parecido al inglés; al que recuerdan todos y al que ninguno olvidaremos… 

Me gustaba su vitalidad de “disfrutón” que hacía que no pasara por la vida sino que se la zampara y  también su curiosidad inmensa que le convertía en “todólogo”. Hablaba de motos, sí, que le encantaban, pero también de animales, de religión, de política o de los programas de Íker Jiménez que hacían que cada vuelo fuera más corto. Nos confrontaba y se imponía con su voz grave y con su sentido común carente de pendantería en las charlas de la cena en el hotel. Siempre  llegábamos agotados después de un largo día de trabajo y mientras los demás nos caíamos sobre el plato, él lleno de energía todavía, apuraba su fuentaza de pasta carbonara de medio kilo. A veces, incluso repetía, pero seguía largo y fino ya que le consumía la actividad.  Continuamente viajando y nutriéndose del mundo y de sus historia para regresar siempre a su Madrid, a su madre y a su novia, porque, por mucho que lo recorriera él sabía que su lugar era su gente que le adoraba, le adorábamos y le echaremos siempre de menos.

Un abrazo, Santi. 

Firmado, Lady peliculitas.

Lucía Mbomío

Va por Santi – Federico Cardelus

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A mi amigo del alma

Eran las 10 de la mañana. Primer día de grabación. La calle Nevski Prospekt de San Petersburgo. Pepe, el cocinero de León, bajaba las escaleras hacia su restaurante poniendo punto final a mi primera entrevista en Callejeros Viajeros. Y yo, muy nervioso.
A mi izquierda, un cámara de aspecto frágil, desaliñado, imberbe. Con una superada edad del pavo melenuda, de conciertos de Porretas y Reincidentes, y con chulería tatuada de barrio del Pilar y Bernabéu. 

Este tipo esquelético se dio la vuelta y me dijo casi sin mirar: “¡Ey tío!, me gusta tu rollo, preguntas bien”. Y me lo dijo con cariño, porque sabía que yo estaba como un flan. 

Ese era mi cámara, mi compañero, mi colega, mi amigo del alma, Santiago Tancho. Era “Mike” cuando hablábamos en clave porque no nos gustaba una secuencia o porque nos gustaba mucho. Yo tenía una idea, él siempre la mejoraba. 

El tipo que siempre quisiste tener cerca en un reportaje. Por su talento desbordante, su imaginación, su picardía y su humanidad.

“Los de la tele” tenemos un dicho: “Lo que pasa en la batalla se queda en la batalla”. Ahora no quiero que se quede ahí. Quiero recordar todas nuestras batallas. Como cuando hace poco en Nueva York nos quedamos dormidos cabeza con cabeza en una furgoneta blanca y nos tuvieron que despertar al llegar al hotel a las cuatro de la mañana. O cuando el otro día nos pusimos a jugar al fútbol con los niños de Kibera y me decías con un cigarro en la boca: “Hemos hecho un repor cojonudo Mike”. 

He aprendido contigo, he sufrido contigo, me he emborrachado contigo, he vivido contigo…Y siempre, siempre te he querido. 

Al final Mike, como te dije ayer, tendríamos que habernos ido a montar en bici. La puta moto.

Te voy a llevar siempre en los aeropuertos, hoteles, cancelaciones, cagadas, nervios, éxitos y en todas mis entrevistas. Cuando vuelva a estar nervioso como un flan, volveré a Nevski Prospekt, y te veré. Atractivo y seguro como siempre.

Eres un número uno, como tu querido Valentino Rossi. Tengo la suerte de decir muy alto que yo fui tu amigo.

Federico Cardelus

Va por Santi – Melchor Miralles

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Nunca pensé que escribiría estas líneas. No podía imaginar que Santi Trancho se iba a ir de viaje para siempre. Durante el último año es la persona con la que más horas he compartido, alrededor de todo el mundo, en un trabajo ilusionante, apasionado, difícil y enriquecedor. Con nadie he hablado más de la vida, del periodismo, de la televisión, de la vida. Pero, como escribió Carlos Fuentes, que cabrona la vida, que no nos mata a nosotros, sino a los que queremos.

Santi es quizá la persona que he conocido que más ha vivido la vida en treinta años. Se la comía. No era un mero operador de cámara. Era un tipazo con talento, ansioso por aprender, pasional, empático, divertido, curioso, observador, trabajador, disfrutón, alegre en su tristeza de hombre que sabe ver y sobrever con esa mirada inquieta y viva. Era un periodista de raza que jamás pisó un aula de periodismo. Era un hombre bueno que ni en la muerte se quedó quieto.

Santi Trancho, con quien tanto queríamos, era un cuerdo de atar que a través del visor de sus cámaras transitaba a velocidad de vértigo un mundo que no entendía y que quería mejorar mostrando al personal la realidad lejana que en el fondo tenemos tan próxima. Entendía que en el mundo hay muchos mundos, y que es bueno conocerlos todos, huyendo del confort desde la cuna, en una permanente huida y búsqueda de la felicidad que quizá no existe.

Asumió múltiples riesgos de todo orden, se la jugó, y al final hizo bueno el dicho que nos recordaba ayer Julia, aquello que nos dijeron en Méjico tras el intento de secuestro. Si te toca, ni aunque te quites; si no te toca, ni aunque te pongas. Y a el le tocó cuando nadie lo esperaba, a lomos de una cuadriga metálica a la que amaba con la misma pasión que a su madre, a Anita y a sus amigos, que éramos muchos.

Sus manos, la última visión, la despedida, eran un prodigio en el manejo de la cámara, y reflejaban en su movimiento el nervio vital que le mantenía siempre ojo avizor, porque no se le escapaba una. Su mirada transparente e inquieta mostraban a un niño de barrio, con la piel curtida en el asfalto, henchido de orgullo de su insaciable necesidad de conocerlo todo. Su aparente altanería no escondía una humildad inmensa, con un corazón formidable abierto de par en par, en el que cabían sus amores y sus nadie, a los que entregó su vida.

Era bueno. Muy bueno. Santi, Santiago Trancho Rusillo. Un hombre en la frontera siempre, maestro de pasiones desbocadas. Capaz de sortear los obstáculos y las dificultades con la serenidad de los incautos y la templanza de los expertos. Valiente. Sensato en su insensatez de niño que no quería crecer. Puntilloso en la excelencia profesional. Entregado al primer impulso que le hiciera sentirse vivo. Tenaz en el aprendizaje. Generoso en el esfuerzo profesional. Entregado en los sentimientos. Un tipazo Santi, Santiago Trancho Rusillo. Orgulloso de sus apellidos. 

Cada muerte es el diagnóstico de la nuestra. Por eso, como nos dijo ayer Jacobo, ahora a vivir. Sí. A vivir, no a sobrevivir. Por Santi. Nuestro Santi. Con quien tanto queríamos.

Melchor Miralles